Si digo que la imagen que ilustra este artículo pertenece a los primeros años de Van Gogh, se podría pensar que no es cierto. Pero si fuera verdad, enseguida se le atribuiría algún valor. Si además, explico que la realizó durante unos años especialmente difíciles en los que renunció al color e incluso estuvo cerca del suicidio, la pintura se observaría de forma diferente. Y si a esto le añadimos que el óleo fue confiscado por el régimen nazi, que incluyó a Van Gogh entre los pintores degenerados, la obra adquiere un tinte nuevo, diferente.
La percepción del arte no solo cambia conforme se conoce su contexto, sino que lo enriquece. Independientemente del contexto, la obra de arte lo es por sí misma. Pero el contexto, lejos de restarle valor ayuda a entender lo que el artista quiere decir. Muchos artistas renuncian al contexto, argumentando que intoxica, contamina la obra de arte. Pero realmente no es así. Se equivocan. Traicionan al espectador. Detrás de cada obra de arte hay una historia que le otorga un valor y una lectura irrenunciables. Es lo que con tanta elegancia hace aquí la fotógrafa Guylaine Couttolenc.
La imagen de este artículo lo dice todo. Si es de Van Gogh es una. Si no, es otra. Si pertenece a su etapa más oscura es una. Si no, es otra. Si fue confiscada por los nazis es una. Si no, es otra. El arte, entendido únicamente como experiencia subjetiva, es insuficiente. El arte necesita contexto. Siempre. Esto no quiere decir que la obra de arte deje de serlo cuando no hay contexto. No. Aun sin contexto, la obra de arte lo es. Pero es de justicia acompañarla de su contexto. Es parte de la propia creación. Es, en cierta medida, el alma de la obra de arte. Y, por lo tanto, la esencia de su valor. Es lo que la hace única, diferente.
Por cierto, la ilustración de este artículo es obra del pintor Ignacio Gallego un artista español de este siglo, y está inspirada en la naturaleza exhausta.
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